Soy... una ingenua gacela.
¿Qué soy? ¿Un toro, un tero o un animal del Trópico?
¿Seré, acaso, un humano?
Apenas tengo sentido de la memoria. No me acuerdo lo más mínimo de lo que pasó. Todas y cada una de las partes de mi cuerpo están invadidas por un dolor fulgurante, intermitente. De lo único que, a duras penas, me acuerdo, son una suerte de relámpagos con forma de palo que caen sobre mi estómago; epítetos, malos tratos soy capaz de oír.
¿Cómo llegué a esto? Creo que lo recuerdo.
Camino sobre la bocacalle haciendo zigzag entre las líneas amarillas, sin mayores preocupaciones que la hora que es. De pronto, un caimán se escabulle de entre los sombras: su mirada es una suerte de rayo láser que causa auténtico terror en la superficie ocular sobre la que incide. Incluso soy capaz de divisar una barbilla levemente debajo de su boca.
Y yo, crédula gacela, me interesé en sus tonos verdes: no tenía escamas albinas, su verde era un verde similar al camuflaje militar; un verde mate, al fin y al cabo.
Me asombró cuando veo salir de su vientre, del lado izquierdo y derecho, dos hombres. Y comienzan los relámpagos de nuevo.
¡YA SÉ LO QUE SOY!
¡SOY UNA GACELA!
Pero, tristemente, casi muero (creo, mi mente aún se está esclareciendo) por oponerme a los caimanes.
Comentarios
Publicar un comentario